Dios no mira las apariencias, sino el corazón

Jesús nos presenta dos formas de orar: una centrada en el ego y otra en la verdad del alma. El fariseo se justifica a sí mismo, mientras el publicano se reconoce necesitado de misericordia. La enseñanza es clara: Dios no mira las apariencias, sino la sinceridad del corazón.

Humildad verdadera: El publicano no presume, no compara, no se excusa. Solo se presenta como es: pecador necesitado de Dios.

Oración auténtica: No se trata de decir muchas palabras, sino de abrir el alma. La oración que toca el corazón de Dios es la que nace del reconocimiento humilde.

Justificación divina: Jesús afirma que el publicano volvió a casa justificado. La humildad abre el camino a la gracia.

“Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 18,14).

 

Liturgia del domingo

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No desistas. Sigue insistiendo

Las lecturas de este domingo nos invitan a contemplar el poder de la oración perseverante. En Éxodo, Moisés mantiene sus brazos en alto mientras Israel combate a Amalec. Cuando se cansa, Aarón y Hur lo sostienen, mostrando que la oración comunitaria y el apoyo mutuo son esenciales en la lucha espiritual.

El Evangelio de Lucas (18,1-8) presenta a la viuda que insiste ante el juez injusto hasta obtener justicia. Jesús nos enseña que si incluso un juez sin escrúpulos responde a la insistencia, ¡cuánto más lo hará Dios, que es justo y misericordioso!

San Pablo, en la segunda lectura, exhorta a predicar “a tiempo y a destiempo”, recordándonos que la Palabra de Dios es fuente de sabiduría y salvación. La perseverancia no es obstinación vacía, sino fe activa que se sostiene en la promesa de Dios.

Liturgia del domingo

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Gracias Maestro

“La gratitud que salva”

Diez leprosos claman a Jesús desde lejos. Él no los toca, no les impone las manos, no pronuncia palabras de sanación. Solo les dice: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y mientras obedecen, son sanados. Pero solo uno regresa. Solo uno reconoce que no basta con recibir el milagro: hay que volver al origen, al corazón que lo hizo posible.

Este samaritano —extranjero, marginado doblemente— se convierte en modelo de fe. No solo fue sanado, fue salvado. Porque la gratitud no es solo cortesía: es adoración, es comunión, es reconocimiento de que todo bien viene de Dios.

Este texto puede inspirarnos a mostrar que el arte agradecido transforma. Que cada actitud, cada gesto, cada palabra que regresa a Dios con gratitud, se convierte en ofrenda viva. La fe que sana es preciosa, pero la fe que agradece… salva.

 

Liturgia del domingo

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Ser semilla

El Evangelio de Lucas 17,5-10 para el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario es una invitación profunda a vivir la fe con humildad, confianza y servicio.

“Si tuvieran fe como un granito de mostaza…”

Los discípulos piden más fe, como si fuera una cantidad que se pudiera medir o aumentar. Pero Jesús responde con una imagen provocadora: no se trata de tener “más” fe, sino de tener una fe auténtica, viva, aunque sea pequeña. Una fe así puede mover lo imposible.

Luego, Jesús habla del siervo que cumple su deber sin esperar recompensa. Es una parábola que nos incomoda, pero que revela una verdad esencial: la fe no es un mérito, sino una respuesta humilde al amor de Dios. No somos héroes espirituales, sino servidores que hacen lo que deben, con gratitud y sin vanagloria.

Este Evangelio nos enseña que la fe verdadera no busca aplausos ni resultados espectaculares. Es confianza silenciosa, obediencia amorosa, y servicio fiel. Es vivir como quien sabe que todo lo recibido es gracia.

Liturgia del domingo

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