Solemnidad del Bautismo del Señor

El pasaje de Mateo 3, 13-17 nos sitúa ante un momento decisivo: Jesús, el Hijo amado, se mezcla con los pecadores y pide ser bautizado por Juan. No lo hace porque necesite purificación, sino porque elige ponerse en la fila de la humanidad, abrazar nuestra historia y abrir un camino nuevo.

  1. Jesús entra en el agua para entrar en nuestra vida

El bautismo de Jesús es un gesto de solidaridad radical. Él no se queda en la orilla observando; entra en el agua turbia donde estamos nosotros. Es un-Dios que no mira desde lejos, sino que se sumerge en nuestra fragilidad para transformarla desde dentro.

  1. “Este es mi Hijo amado”

La voz del Padre no solo revela quién es Jesús; también revela quiénes somos nosotros en Él. Cada vez que recordamos nuestro bautismo, escuchamos esa misma voz que nos dice: “Tú eres mi hijo amado, mi hija amada; en ti me complazco.”

La identidad cristiana no nace del esfuerzo, sino del amor recibido.

  1. El Espíritu desciende como paloma

La paloma evoca la creación, el diluvio, la paz, el comienzo de algo nuevo. En Jesús, el Espíritu inaugura una nueva creación. En nosotros, el Espíritu sigue descendiendo para hacer de nuestra vida un espacio donde Dios pueda habitar y actuar.

  1. El bautismo como misión

Jesús sale del Jordán para comenzar su misión. Nuestro bautismo también nos envía:

  • a sanar,
  • a reconciliar,
  • a escuchar,
  • a construir comunidad,
  • a ser luz donde hay sombra.

No es un recuerdo del pasado, sino una vocación viva.

El pasaje de Mateo 3, 13-17

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EPIFANIA DEL SEÑOR

La Epifanía es la fiesta de un Dios que se deja encontrar. No se impone, no exige, no grita: simplemente brilla. Una estrella humilde, pero clara, guía a quienes tienen el corazón dispuesto a buscar. Los Magos representan a toda la humanidad que, aun desde lejos, siente la nostalgia de la luz y se pone en camino.

Ellos no llegan por casualidad. Llegan porque se atrevieron a seguir una señal, a caminar sin certezas, a dejarse incomodar por el deseo de verdad. Y cuando encuentran al Niño, descubren que Dios no está en los palacios, sino en la sencillez; no en el poder, sino en la vulnerabilidad; no en la distancia, sino en la cercanía de un pesebre.

La Epifanía nos recuerda que Dios se manifiesta en lo pequeño, en lo que no parece importante, en lo que el mundo no mira. Y también nos invita a preguntarnos: ¿Qué estrella estoy siguiendo? ¿Qué caminos me llevan hacia Cristo y cuáles me alejan? ¿Qué dones puedo ofrecerle hoy?

Los Magos entregan oro, incienso y mirra. Nosotros podemos ofrecer algo más profundo:

  • el oro de nuestra vida cotidiana vivida con amor,
  • el incienso de nuestra oración sincera,
  • la mirra de nuestras heridas entregadas para que Él las transforme.

La Epifanía es, en el fondo, una llamada a dejarnos iluminar y a convertirnos también en luz para otros. Porque quien ha visto a Cristo, aunque sea en un pesebre, ya no puede caminar igual.

Liturgia del domingo

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DOMINGO II DE LA NATIVIDAD

En estos días de Navidad, cuando todavía resuena la ternura del Dios que se hace niño, el Evangelio nos muestra un paso decisivo: el encuentro personal. Juan señala a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”. Y dos discípulos, movidos por un deseo profundo, se ponen en camino.

Jesús no los retiene, no los obliga, no los impresiona. Simplemente se vuelve hacia ellos y les hace la pregunta que atraviesa toda búsqueda espiritual: “¿Qué buscan?”

Es una pregunta que no exige respuestas rápidas. Es una invitación a mirar dentro, a reconocer el anhelo más verdadero. Y los discípulos responden con otra pregunta: “Maestro, ¿Dónde vives?” Es decir: ¿Dónde podemos encontrarte de verdad? ¿Dónde habita tu presencia?

Jesús no da explicaciones. No ofrece un discurso. Solo dice: “Vengan y lo verán.”

El camino cristiano empieza así: con un paso, con una apertura, con un deseo que se atreve a moverse. Y cuando los discípulos se quedan con Él, algo cambia para siempre. Tanto, que Andrés corre a anunciarlo: “Hemos encontrado al Mesías.” En este tiempo de Navidad, este Evangelio nos recuerda que la fe no es teoría, ni costumbre, ni tradición vacía. Es encuentro, es mirada, es habitar con Él. Cuando uno se queda con Jesús, aunque sea un rato, aunque sea en silencio, la vida se ilumina desde dentro.  Quizá hoy Jesús te vuelve a preguntar: “¿qué buscas?” Y quizá tú, con la sencillez de los discípulos, puedas responder: “Señor, quiero saber dónde vives… para quedarme contigo.”

Liturgia del domingo

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SAGRADA FAMILIA

Lc 2,41-52:  Este evangelio nos muestra una escena muy humana: una familia que viaja, que celebra, que pierde a su hijo, que lo busca con angustia y que finalmente lo encuentra. No es una familia idealizada, sino una familia real, que vive tensiones, miedos y aprendizajes.

María y José buscan a Jesús “angustiados”. Esa palabra nos acerca a ellos: también ellos tuvieron noches de incertidumbre, también ellos se preguntaron si estaban haciendo las cosas bien. Y Jesús, al ser encontrado, revela algo que desborda toda lógica humana: su vida está orientada al Padre, y su misión supera incluso los afectos más profundos.

Pero el evangelio termina con un gesto precioso: Jesús vuelve con ellos a Nazaret y sigue creciendo. La familia se convierte en el lugar donde la misión madura, donde la vocación se afina, donde el amor cotidiano se vuelve escuela de Dios.

La Sagrada Familia nos recuerda que la santidad no nace de la perfección, sino de la fidelidad: buscar juntos, escuchar juntos, caminar juntos, incluso cuando no entendemos del todo.

Liturgia del domingo

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