DOMINGO II DE LA NATIVIDAD

En estos días de Navidad, cuando todavía resuena la ternura del Dios que se hace niño, el Evangelio nos muestra un paso decisivo: el encuentro personal. Juan señala a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”. Y dos discípulos, movidos por un deseo profundo, se ponen en camino.

Jesús no los retiene, no los obliga, no los impresiona. Simplemente se vuelve hacia ellos y les hace la pregunta que atraviesa toda búsqueda espiritual: “¿Qué buscan?”

Es una pregunta que no exige respuestas rápidas. Es una invitación a mirar dentro, a reconocer el anhelo más verdadero. Y los discípulos responden con otra pregunta: “Maestro, ¿Dónde vives?” Es decir: ¿Dónde podemos encontrarte de verdad? ¿Dónde habita tu presencia?

Jesús no da explicaciones. No ofrece un discurso. Solo dice: “Vengan y lo verán.”

El camino cristiano empieza así: con un paso, con una apertura, con un deseo que se atreve a moverse. Y cuando los discípulos se quedan con Él, algo cambia para siempre. Tanto, que Andrés corre a anunciarlo: “Hemos encontrado al Mesías.” En este tiempo de Navidad, este Evangelio nos recuerda que la fe no es teoría, ni costumbre, ni tradición vacía. Es encuentro, es mirada, es habitar con Él. Cuando uno se queda con Jesús, aunque sea un rato, aunque sea en silencio, la vida se ilumina desde dentro.  Quizá hoy Jesús te vuelve a preguntar: “¿qué buscas?” Y quizá tú, con la sencillez de los discípulos, puedas responder: “Señor, quiero saber dónde vives… para quedarme contigo.”

Liturgia del domingo

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