
La Transfiguración es uno de esos relatos que parecen escritos para tiempos de confusión, cansancio y búsqueda. Jesús lleva a tres discípulos a lo alto de una montaña, lejos del ruido, para mostrarles quién es realmente. No les da un discurso; les regala una experiencia de luz.
En nuestro siglo —marcado por la velocidad, la saturación de imágenes, la polarización y la incertidumbre— este pasaje nos recuerda algo esencial: no podemos vivir sin momentos de altura, sin espacios donde la luz de Dios nos revele lo que no vemos desde abajo.
Hoy, la montaña puede ser: un silencio buscado en medio del ruido digital, una conversación honesta, un acto de compasión, una comunidad que sostiene, una oración que nos reordena por dentro.
La nube luminosa que cubre a los discípulos no es para asustar, sino para envolver. En un mundo donde la sombra suele ser sinónimo de amenaza, Dios nos muestra que también puede ser sombra protectora, presencia que abraza, misterio que no destruye.
Y la voz sigue diciendo lo mismo que entonces: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo.”
Quizá ese sea el desafío más urgente de nuestro tiempo: aprender a escuchar a Jesús en medio de tantas voces que compiten por nuestra atención. Escucharlo en los descartados, en la creación herida, en los jóvenes que buscan sentido, en los ancianos que guardan memoria, en los migrantes que cargan esperanza, en los niños que reclaman futuro.
La Transfiguración no es evasión. Es preparación. Jesús baja del monte para seguir caminando hacia la cruz y hacia la vida. También nosotros estamos llamados a bajar, transformados, para ser luz en lo cotidiano. (Crismon)
Domingo II Cuaresma










