
La escena de Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45 —la enfermedad, muerte y resurrección de Lázaro— toca uno de los nervios más sensibles de nuestra vida actual: la experiencia de límites, pérdidas y esperas que parecen demasiado largas, y la irrupción de un Jesús que no siempre llega “cuando queremos”, pero sí cuando su presencia puede abrir un camino nuevo.
- “Señor, tu amigo está enfermo”: el grito que hoy sigue subiendo Las hermanas envían un mensaje sencillo y directo: “tu amigo está enfermo”. Hoy ese grito se parece a muchos otros:
- “Señor, mi familia está agotada.”
- “Señor, la comunidad está herida.”
- “Señor, el mundo está enfermo de violencia, prisa, indiferencia.”
- “Señor, yo mismo estoy cansado por dentro.”
Es el grito de quienes no piden explicaciones, sino presencia. Y Jesús escucha… pero no corre. Su aparente demora es desconcertante, igual que en nuestra vida cuando las respuestas no llegan al ritmo que deseamos.
- La espera que transforma Jesús se queda dos días más. No es indiferencia: es un tiempo misterioso donde Dios trabaja en lo oculto. En nuestro mundo acelerado, donde todo debe ser inmediato, este pasaje nos recuerda que:
- No todo lo que parece “muerte” es final.
- No toda demora es abandono.
- Hay procesos que necesitan madurar para que la gloria de Dios pueda ser vista.
La fe hoy necesita aprender a respirar en la espera, a confiar incluso cuando el sepulcro parece sellado.
- Marta: la fe que se atreve a hablar desde el dolor Marta corre hacia Jesús y le dice lo que muchos pensamos: “Si hubieras estado aquí…” Es una frase honesta, humana, casi una queja amorosa. Pero Marta no se queda ahí. Añade: “Pero aún ahora sé…” Ese “aún ahora” es una de las expresiones más hermosas de la fe cristiana. Es la fe que no niega el dolor, pero tampoco renuncia a la esperanza.
Hoy necesitamos esa fe que:
- Llora sin vergüenza.
- Reclama sin miedo.
- Cree sin garantías.
- Se atreve a esperar lo imposible.
- “Yo soy la resurrección y la vida”: una palabra para hoy Jesús no ofrece una teoría, sino una presencia. No dice “yo doy vida”, sino “yo soy la vida”. En un mundo donde la muerte se manifiesta en tantas formas —soledad, desesperanza, violencia, cansancio interior—, Jesús se presenta como:
- Vida que levanta.
- Luz que entra en lo oscuro.
- Voz que llama por nuestro nombre.
- Fuerza que desata lo que nos ata.
- “Quitad la losa… desatadlo y dejadlo andar” Jesús pide colaboración humana. Hoy también nos pide:
- Quitar losas: prejuicios, miedos, silencios que asfixian.
- Desatar: liberar a otros con palabras de consuelo, gestos de misericordia, acompañamiento.
- Dejar andar: no controlar, no retener, permitir que otros vivan su propio proceso de resurrección.
La resurrección no es solo un milagro: es una tarea comunitaria. (Crismon)
Domingo V Cuaresma










