Ser testigis hasta los confines de la tierra

El Evangelio nos sitúa en Galilea, en el monte donde Jesús había citado a los discípulos. Es hermoso que la Ascensión —que podría parecer un momento de despedida— ocurra en un lugar de encuentro, de misión, de comienzo.

Los discípulos se postran, pero algunos dudan. Qué realista es Mateo: la fe convive con la fragilidad, la adoración con la incertidumbre. Jesús no espera a que desaparezcan las dudas para enviar; envía incluso a los que dudan.

Y entonces pronuncia tres afirmaciones que sostienen toda la vida cristiana:

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”: No es un poder de dominio, sino de amor que salva, sana y levanta. La Ascensión no es ausencia: es entronización. Cristo reina, pero reina desde el amor que se entrega.

“Id y haced discípulos a todos los pueblos…”: La misión nace de la confianza de Jesús en nosotros. No es un encargo frío: es participación en su propio deseo de que todos conozcan al Padre. Bautizar, enseñar, acompañar… es prolongar su modo de amar.

“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”Esta es la promesa que sostiene todo. Jesús no se va para alejarse, sino para estar de otra manera, más íntima, más universal, más profunda. La Ascensión no es un adiós, es un nuevo modo de presencia.

En esta fiesta, la Iglesia mira al cielo, sí, pero no para quedarse mirando —como recuerdan los ángeles en la primera lectura— sino para volver a la tierra con un corazón encendido. La Ascensión nos recuerda que nuestra misión no es pequeña: es ser testigos hasta los confines de la tierra. Pero tampoco estamos solos: Él camina con nosotros. (Crismon)

Ascensión del Señor

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Atreverse a vivir como Él

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos.” Estas palabras, pronunciadas en un momento de despedida, resuenan hoy con una fuerza especial. Vivimos tiempos de incertidumbre, de ritmos acelerados, de vínculos frágiles y de una sensación creciente de soledad interior. Jesús, sin embargo, pronuncia una promesa que atraviesa los siglos:

No estamos solos. Amar en tiempos de ruido Jesús no habla de un amor sentimental, sino de un amor que se traduce en vida concreta. Hoy, “guardar sus mandamientos” significa: optar por la verdad en medio de la desinformación, cuidar la dignidad del otro en un mundo que descarta, construir paz en medio de tensiones sociales, vivir con coherencia cuando la superficialidad parece más fácil.

Amar a Jesús hoy es atreverse a vivir como Él en un contexto que muchas veces empuja en dirección contraria.

El Paráclito en la era digital. Jesús promete “otro Paráclito”, el Espíritu de la verdad. En un mundo saturado de voces, opiniones, algoritmos y presiones, esta promesa es un bálsamo: hay una Voz que no confunde, que no manipula, que no divide.

El Espíritu sigue siendo: Luz para discernir entre lo urgente y lo esencial. Fuerza para sostener la esperanza cuando el cansancio pesa. Compañía cuando la soledad se vuelve densa. Creatividad para anunciar el Evangelio con lenguajes nuevo.

“No os dejaré huérfanos”: una palabra para nuestras heridas. Muchos hoy se sienten huérfanos de sentido, de comunidad, de escucha, de afecto. Jesús no promete evitar el dolor, pero sí habitarlo con nosotros. Su presencia no es un recuerdo: es una presencia viva, que se manifiesta en: la comunidad que acompaña, la Palabra que ilumina, los sacramentos que sostienen, los gestos de amor que transforman, la misión que da propósito.

“Vosotros en mí y yo en vosotros”: la mística de la vida cotidiana. Jesús nos invita a una unión profunda, no teórica, sino existencial. En un tiempo donde la fragmentación interior es común, esta frase es un llamado a la integración, a vivir desde dentro, desde Él.

Ser cristianos hoy es permitir que Cristo: inspire nuestras decisiones, purifique nuestras intenciones, transforme nuestras relaciones, anime nuestra misión. (Crismon)

 

Domingo VI de Pascua

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«Yo soy el camino, la verdad y la vida»

“No se turbe su corazón; crean en Dios y crean también en mí.” Estas palabras nacen en un momento de despedida. Jesús ve el miedo en los ojos de sus discípulos: miedo a quedarse solos, a no entender el camino, a perder el rumbo. Y en lugar de darles un mapa, les da algo más grande: su presencia.

La paz que nace de confiar. Jesús no promete que no habrá dificultades. Promete algo más real: que el corazón puede permanecer en paz incluso en medio de ellas. La fe no elimina los problemas, pero transforma la manera de atravesarlos.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No dice “les mostraré el camino”, sino “Yo soy el camino”. Seguir a Jesús no es aprender una ruta, sino entrar en una relación. La verdad no es una idea; es un rostro. La vida no es un concepto; es una comunión.

“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Jesús revela un Dios cercano, tierno, que se inclina, que lava los pies, que abraza. Un Dios que no se esconde en el cielo, sino que se deja encontrar en lo cotidiano: en la mesa, en el servicio, en la escucha, en la comunidad.

“Harán obras mayores”. Esta frase es un acto de confianza inmenso. Jesús cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en Él. Nos entrega su misión, su estilo, su manera de amar. No para que lo reemplacemos, sino para que lo prolonguemos. (Crismon)

Domingo V de Pascua

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