
“No tengan miedo… ustedes valen mucho”
El Evangelio de este domingo nos sitúa en el corazón de la misión. Jesús habla con una franqueza que desarma: seguirlo implica riesgos, incomprensiones, tensiones… pero también implica una certeza que sostiene: Dios nos mira, nos conoce, nos acompaña.
Tres veces Jesús repite: “No tengan miedo”. No es un regaño, es un abrazo. No es una orden fría, es un susurro de confianza.
La verdad siempre sale a la luz: “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz.” Jesús invita a vivir sin doblez, sin máscaras, sin miedo a la transparencia. El discípulo no oculta la luz que ha recibido; la comparte, aunque incomode.
El miedo que paraliza no viene de Dios: “Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo.” Jesús no nos pide temer a Dios, sino discernir qué fuerzas nos roban la vida interior: – la presión social, – la necesidad de agradar, – el miedo al rechazo, – la tentación de callar lo que creemos. El verdadero peligro no es perder prestigio, sino perder el alma.
Somos infinitamente valiosos para Dios: “Hasta los cabellos de su cabeza están contados.” Jesús no usa poesía: usa precisión. Dios no nos ama “en general”; nos ama con detalle, con ternura concreta. Si Él cuida a los gorriones, ¿cómo no cuidará a quienes llevan su imagen?
Confesar a Jesús con la vida: “Al que me confiese delante de los hombres, yo lo confesaré ante mi Padre.” Confesar a Jesús no es solo hablar de Él, sino vivir como Él: – con valentía, – con misericordia, – con coherencia, – con esperanza. El discípulo no se esconde. El discípulo se vuelve signo visible del Reino.










