La parábola de los trabajadores de la viña
En este evangelio, Jesús compara el Reino de los Cielos con un dueño que sale varias veces durante el día a contratar trabajadores para su viña. Al finalizar la jornada, todos reciben el mismo salario, tanto los que trabajaron desde el amanecer como los que llegaron al final del día.
A primera vista, esta situación parece injusta. Los primeros trabajadores se quejan porque esperaban recibir más. Sin embargo, Jesús nos invita a descubrir que la lógica de Dios es diferente de la lógica humana. Mientras nosotros solemos medir con criterios de mérito, rendimiento o comparación, Dios actúa desde la gratuidad del amor.
La parábola nos enseña que nadie llega tarde al corazón de Dios. Algunos lo encuentran desde niños, otros en la juventud, otros en la madurez o incluso al final de su vida. Pero cuando una persona abre su corazón al Señor, recibe la misma dignidad de hijo o hija amada.
También nos invita a liberarnos de la comparación. Muchas veces miramos lo que otros reciben y sentimos envidia, olvidando las bendiciones que Dios ya ha puesto en nuestras manos. El Señor no reparte su amor en pequeñas porciones; su amor es abundante para todos.
La pregunta que atraviesa el evangelio es profunda: ¿Me alegro del bien que Dios hace a los demás o me siento amenazado por él? El Reino florece cuando aprendemos a agradecer lo recibido y a celebrar la bondad de Dios en cada persona. (Crismon)
Para meditar
- ¿Me comparo con frecuencia con los demás?
- ¿Reconozco los dones y bendiciones que Dios me ha regalado?
- ¿Me alegro sinceramente cuando otros reciben bendiciones, oportunidades o reconocimiento?
En este pasaje, Pedro pregunta a Jesús: «¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Con esta respuesta, Jesús no propone una cantidad exacta, sino una actitud permanente de misericordia.
En este pasaje, Jesús nos enseña el camino de la corrección fraterna, la reconciliación y el valor de la comunidad. No se trata de señalar los errores de los demás para condenarlos, sino de acercarnos con amor para ayudar a recuperar al hermano o hermana que se ha alejado.
El evangelio de este domingo nos sitúa en Cesarea de Filipo, un lugar fronterizo, mezcla de culturas y religiones. Allí, lejos de la seguridad de Galilea, Jesús hace la pregunta más decisiva: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Y luego, la pregunta que atraviesa el corazón: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”






