La parábola de los viñadores homicidas
En este Evangelio, Jesús narra la historia de un propietario que plantó una viña, la cuidó con esmero y la arrendó a unos viñadores. Cuando llegó el tiempo de recoger los frutos, envió a sus servidores, pero ellos fueron rechazados, golpeados e incluso asesinados. Finalmente envió a su propio hijo, pensando que lo respetarían; sin embargo, también lo expulsaron y lo mataron.
La viña representa el Reino de Dios, el hermoso proyecto de amor que el Señor confía a la humanidad. Los viñadores somos nosotros, llamados a administrar los dones recibidos: la vida, la fe, la familia, la creación, nuestras capacidades y nuestras oportunidades de servir.
La parábola nos invita a preguntarnos qué hacemos con todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos. ¿Producimos frutos de amor, justicia y misericordia, o vivimos como si todo nos perteneciera? El peligro aparece cuando olvidamos que somos administradores y nos comportamos como dueños absolutos de los dones de Dios.
Jesús, el Hijo amado, continúa viniendo a nuestra vida de muchas maneras: en el Evangelio, en los pobres, en quienes nos necesitan, en la comunidad y en los acontecimientos cotidianos. Podemos acogerlo o rechazarlo. Cada día es una nueva oportunidad para abrirle las puertas de nuestro corazón.
La frase final de Jesús es profundamente esperanzadora: «La piedra que desecharon los constructores llegó a ser la piedra angular. » Lo que parece descartado a los ojos humanos puede convertirse en el fundamento de una vida nueva cuando Dios actúa. (Crismon)
Para meditar
- ¿Qué frutos está esperando Dios de mi vida en este momento?
- ¿Reconozco que todo lo que tengo es un don recibido?
- ¿Cómo estoy acogiendo hoy a Jesús en las personas y circunstancias que encuentro?
La parábola de los dos hijos
La parábola de los trabajadores de la viña
En este pasaje, Pedro pregunta a Jesús: «¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Con esta respuesta, Jesús no propone una cantidad exacta, sino una actitud permanente de misericordia.
En este pasaje, Jesús nos enseña el camino de la corrección fraterna, la reconciliación y el valor de la comunidad. No se trata de señalar los errores de los demás para condenarlos, sino de acercarnos con amor para ayudar a recuperar al hermano o hermana que se ha alejado.






