
El relato del ciego de nacimiento es uno de los más luminosos del Evangelio. No solo porque termina con un hombre que recupera la vista, sino porque revela algo más profundo: la verdadera ceguera no está en los ojos, sino en el corazón.
En nuestro tiempo, este pasaje resuena de manera especial:
- Jesús ve lo que otros no ven
Mientras muchos pasan de largo, Jesús se detiene ante quien vive marginado, reducido a una etiqueta: “ciego”, “mendigo”, “pecador”. Hoy también abundan las etiquetas: migrante, pobre, improductivo, diferente, incómodo. Jesús sigue mirando más allá: ve la dignidad, la historia, la posibilidad.
- El barro que cura
Jesús mezcla tierra y saliva: un gesto humilde, casi escandaloso.
En nuestro tiempo, donde todo debe ser perfecto, rápido y limpio, Jesús nos recuerda que la salvación pasa por lo sencillo, lo frágil, lo cotidiano. A veces la luz llega a través de procesos lentos, de terapias, de acompañamientos, de conversaciones que parecen “barro”, pero que transforman.
- La resistencia a la luz
Los fariseos no niegan el milagro por falta de pruebas, sino por miedo a perder control. Hoy también hay resistencias:
- sistemas que prefieren la oscuridad a la transparencia,
- personas que se incomodan ante quienes cambian,
- comunidades que expulsan en vez de acompañar.
La luz de Cristo descoloca, porque obliga a revisar estructuras, creencias y seguridades.
- El camino de fe del ciego
El hombre pasa de decir:
- “Ese hombre llamado Jesús”,
- luego “Es un profeta”,
- y finalmente “Creo, Señor”.
Su fe crece mientras es cuestionado, rechazado y expulsado. Hoy también la fe madura en medio de tensiones, búsquedas, dudas y rupturas. La fe auténtica no es estática: es un camino hacia la luz.
5. Jesús busca al expulsado
Cuando lo echan, Jesús lo encuentra. Qué mensaje tan actual: cuando otros cierran puertas, Jesús abre caminos. Cuando la institución falla, Él permanece. Cuando la comunidad excluye, Él abraza. (Crismon)
Domingo IV Cuaresma







