Sep 05 2020

Ama, perdona y olvida

«La verdadera corrección fraterna es dolorosa porque se hace con amor, verdad y humildad. Si sentimos placer por corregir, esto no viene de Dios.

El hermano que se equivoca, debe ser corregido con caridad:
“No se puede corregir a una persona sin amor ni sin caridad. No se puede hacer una intervención quirúrgica sin anestesia: no se puede, porque el enfermo moriría de dolor. Y la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la cura y a aceptar la corrección. Llamarlo personalmente, con mansedumbre, con amor y hablarle”.

Es necesario hablar con la verdad: Las habladurías hieren; las habladurías son bofetadas contra la fama de una persona, son bofetadas contra el corazón de una persona.

Corregir con humildad: “Si tú debes corregir un defecto pequeño, ¡piensa que tú tienes tantos más grandes!”:
La corrección fraterna es un acto para curar el cuerpo de la Iglesia. Hay un agujero, allí, en el tejido de la Iglesia que es necesario remendar. Si tú no eres capaz de hacerla con amor, con caridad, en la verdad y con humildad, tú harás una ofensa, una destrucción al corazón de esa persona, tú harás una habladuría más, que hiere, y tú te transformarás en un ciego hipócrita, como dice Jesús. ‘Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo….’. ¡Hipócrita! Reconoce que tú eres más pecador que el otro, pero que tú, como hermano, debes ayudar a corregir al otro”.

Papa Francisco

 

 

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Ago 28 2020

«El que quiera venirse conmigo, que cargue con su cruz y me siga»

Llamada


Me sedujiste, Señor, y me enviaste. A encontrar un lugar en el mundo.
Y ahora, a tu modo, vivo buscando… Ser yo mismo y reflejo Tuyo.
Convertir cada instante en tiempo vivido.
Encontrar un nombre, ese nombre único, distinto, que es eco de tu amor.
Cantar allá donde el silencio duela. Pintar allá donde haya huido el color. Abrazar las soledades heridas.
Llorar los verdaderos motivos e iluminar lo cotidiano con Tu risa.
Encontrarme, encontrarnos, en la tierra de todos.
Escribir una historia de bienaventuranza. A mi manera. A Tu manera.
(José María R. Olaizola, sj)

 

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Ago 15 2020

«Señor, socórreme»

Señor, bendice mis manos
para que sean delicadas y sepan tomar sin jamás aprisionar, que sepan dar sin calcular y tengan la fuerza de bendecir y consolar.
Señor, bendice mis ojos para que sepan ver la necesidad y no olviden nunca lo que a nadie deslumbra; que vean detrás de la superficie para que los demás se sientan felices por mi modo de mirarles.
Señor, bendice mis oídos para que sepan oír tu voz y perciban muy claramente el grito de los afligidos; que sepan quedarse sordos al ruido inútil y la palabrería, pero no a las voces que llaman y piden que las oigan y comprendan aunque turben mi comodidad.
Señor, bendice mi boca para que dé testimonio de Ti y no diga nada que hiera o destruya; que sólo pronuncie palabras que alivian, que nunca traicione confidencias y secretos, que consiga despertar sonrisas.
Señor, bendice mi corazón para que sea templo vivo de tu Espíritu y sepa dar calor y refugio; que sea generoso en perdonar y comprender y aprenda a compartir dolor y alegría con un gran amor.
Dios mío, que puedas disponer de mí con todo lo que soy, con todo lo que tengo.
(Sabine Naegeli)

 

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Ago 14 2020

Fiesta de la Asunción

Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.
María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.
Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

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