Hacer memoria de Jesús
Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos.
Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.
La memoria de la Cena.
Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: «Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte… Este es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo».
En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús». Nos sentimos salvados por Cristo, nuestro Señor.
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Es difícil explicar lo sucedido. Estábamos juntos, rezando. Hacía días se había ido. Esperábamos. Sin saber muy bien qué. En cada uno de nosotros se mezclaban los sentimientos. La alegría por saber que la muerte no había vencido, y la tristeza porque ya no le teníamos con nosotros. Las ganas de proclamarlo, y el temor a las autoridades, que podían castigarnos. La fe en él y su buena noticia, y la conciencia de nuestra propia fragilidad… Entonces, ocurrió. Como un fuego, como una presencia, como una fuerza que rompiese nuestras barreras y resistencias. Entonces creímos, tal vez como nunca antes habíamos creído. Supimos que era cierto, que estaba con nosotros, para siempre. Y la alegría asomaba a los ojos, a los corazones, a los labios. Salimos a la calle, y empezamos a contarlo. Con tal convicción y certidumbre, que cualquiera nos entendía. El júbilo era contagioso. La valentía, nueva. La justicia, plena. La misericordia, eterna. Ahora sí, estábamos preparados para ir a todo el mundo y proclamar el evangelio. (adaptación de Hch 2, 1-11)







