No hay que temer al fracaso, a la lucha, al dolor, a los pies de barro o a la debilidad.
No hay que temer a la propia historia, con sus aciertos y tropiezos; ni a las dudas; ni al desamor;
que la vida es así, compleja, turbulenta, hermosa, incierta.
Pero luchemos contra la tristeza perenne, esa que se instala en el alma y ahoga el canto.
Alimentemos la semilla de alegría que Dios nos plantó muy dentro.
Que surja, poderosa, la voz esperanzada, esa que clama en desiertos y montes, en calles y aulas,
en hospitales, en prisiones, en hogares y en veredas.
Cantemos, hasta la extenuación, la vida del Dios hecho niño, del Niño hecho Hombre,
del Hombre crucificado que ha de vencer a la cruz, una vez más.
Nadie va a detener al Amorque se despliega, invencible, en este mundo que aguarda.
Aunque aún no lo veamos.
(José María R. Olaizola, Sj)
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