
La Epifanía es la fiesta de un Dios que se deja encontrar. No se impone, no exige, no grita: simplemente brilla. Una estrella humilde, pero clara, guía a quienes tienen el corazón dispuesto a buscar. Los Magos representan a toda la humanidad que, aun desde lejos, siente la nostalgia de la luz y se pone en camino.
Ellos no llegan por casualidad. Llegan porque se atrevieron a seguir una señal, a caminar sin certezas, a dejarse incomodar por el deseo de verdad. Y cuando encuentran al Niño, descubren que Dios no está en los palacios, sino en la sencillez; no en el poder, sino en la vulnerabilidad; no en la distancia, sino en la cercanía de un pesebre.
La Epifanía nos recuerda que Dios se manifiesta en lo pequeño, en lo que no parece importante, en lo que el mundo no mira. Y también nos invita a preguntarnos: ¿Qué estrella estoy siguiendo? ¿Qué caminos me llevan hacia Cristo y cuáles me alejan? ¿Qué dones puedo ofrecerle hoy?
Los Magos entregan oro, incienso y mirra. Nosotros podemos ofrecer algo más profundo:
- el oro de nuestra vida cotidiana vivida con amor,
- el incienso de nuestra oración sincera,
- la mirra de nuestras heridas entregadas para que Él las transforme.
La Epifanía es, en el fondo, una llamada a dejarnos iluminar y a convertirnos también en luz para otros. Porque quien ha visto a Cristo, aunque sea en un pesebre, ya no puede caminar igual.
Liturgia del domingo










