Con lo que yo te he dado, Señor, y tú, regalándote por igual a tus hijos díscolos. Con lo que yo te he amado, y tú derramando tu amor sobre buenos y malos. ¿Cómo puedo hacerte ver que merezco más, necesito más, espero más? ¿No los vas a castigar? ¿No exigirás que purguen sus delitos? ¿Vas a seguir poniéndoles la mesa para que devoren mi herencia? ¿No me darás a mí un premio? ¡No! No me intentes convencer confundiendo misericordia y justicia. A mí, que desde joven te he dado todo. Yo que no he fallado un día, cumplidor sin tacha… ¿Cómo es posible? Y tú, en silencio, me miras con dolor y paciencia por todo lo que no entiendo. (José María R. Olaizola, sj)
Los comienzos de Dios en la historia son pequeños, escondidos, nocturnos, eternidad sin testigos en corazones humanos. Una cuna de juncos en la corriente del Nilo, una llama de zarza en la soledad del desierto, el sí de una adolescente en la intimidad, un sueño para ser adivinado en la confusión de la noche, un profeta solo en el Jordán ante el futuro encarnado, una chispa luminosa al cruzarse dos miradas, un rubor en la mejilla al decir un nombre propio, un cuenco de agua fresca junto al brocal de un pozo, un vaso de vino en la mesa del publicano ladrón, un perfume de nardo ungiendo para la muerte. ¡Inicio infinito a la medida de nuestra pequeña estatura! ¡Regalo de la inmensidad que se entrega y no abruma! ¡Tú que dialoga y crece en la carne que lo acoge! ¡Respeto a lo que somos y a todo lo que seremos! (Benjamín G. Buelta, sj
Eres la luz, pero no una luz de sol que baña las criaturas en las orillas de la piel. No eres la luz que deslumbra las miradas, ni con tu fulgor diluyes todo lo viviente. Tú eres la luz que nos haces visibles desde dentro, amaneces cada día en el interior de los cuerpos por el oriente infinito de nuestro deseo, enciendes toda criatura y vuelves transparente el celemín que te encubre en nuestra noche. Toda luz crea sombras, pero tú eres luz que las disipa. ¡Tantas criaturas beben ansiosas cada noche su ración de luces pasajeras en vasos seducidos! Cuando yo las mire, ¿les brillará en mis ojos el reflejo amigo de tu luz, de su luz, que las habita y desconocen? (Benjamín G. Buelta, sj
Yo te pido: convierte en pan las piedras para acabar con el hambre de tantos. Y tú me contestas: Te he dado el mundo para sembrar mi justicia. Yo te tiento: Quiero que pruebes tu presencia, para vencer a los escépticos. Y tú me respondes: Que hable de mí tu amor. Yo te planteo: Quiero atesorar riquezas para construir tu Reino. Y tú me dices: Estoy en tus manos desnudas. Semillas de justicia, amor en las obras y manos vacías. He ahí tu camino. No me dejes caer en la tentación de los atajos. (José María R. Olaizola, sj)