Señor, dame la valentía de arriesgar la vida por ti, el gozo desbordante de gastarme en tu servicio. Dame, Señor, alas para volar y pies para caminar al paso de los hombres. Entrega, Señor, entrega para dar la vida, desde la vida, la de cada día. Infúndenos, Señor, el deseo de darnos y entregarnos, de dejar la vida en el servicio a los débiles. Señor, haznos constructores de tu vida, propagadores de tu reino, ayúdanos a poner la tienda en medio de los hombres para llevarles el tesoro de tu amor que salva. Haznos, Señor, dóciles a tu Espíritu para ser conducidos a dar la vida desde la cruz, desde la vida que brota cuando el grano muere en el surco.
Nadie está solo, aunque a ratos lo temes y te sientes herido, o se te rompe la entraña. Si se te pierde la risa, y se te callan los versos. Aunque te duela la historia y te amenace el presente, se te atraviesen los miedos o se oscurezca el futuro. Es verdad que sí, que hay días grises, en que el silencio atormenta, y oprime. Hay momentos en que la distancia es nostalgia y es ausencia. Hay abrazos extraviados esperando un encuentro. Hay miedos que anuncian naufragios y derrotas que parecen finales. Pero nadie está solo, aunque a veces lo parezca. Su Palabra no se marcha y Su espíritu nos une, fluye, infatigable, entre nosotros. Despertando el Amor dormido, vistiéndose de servicio, llamándonos prójimos, llamándonos amigos y trenzando, en nuestros días, inesperados afectos que se convierten en hogar. Aunque hoy nos llueva dentro.
Señor, contigo he visto y oído que las cosas pueden ser diferentes; que el desánimo y el cansancio no tienen la última palabra, porque Tú no abandonas a nadie al borde del camino. Contigo he visto y oído que Tú vives y quieres que yo también viva, que eres bondad y misericordia, y que me envías a compartir este anuncio –el anuncio más hermoso– dejando brotar la alegría con la que inundas mi corazón. Señor, yo quiero ser amor en movimiento, como Tú. Te lo ruego: pon en marcha al misionero de esperanza que llevo dentro, para que cuente lo que he visto y oído a todos mis hermanos del mundo. Amén
Toda naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco. Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú. Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los corazones y las dificultades del problema. Hay una alegría del ser sano y la de ser justo, pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir. Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender. Que no te llamen solamente los trabajos fáciles ¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan! Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña. Aquel que critica, este es el que destruye, tú sé el que sirve. El servir no es faena de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamarse así: «El que Sirve». Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre? (Gabriela Mistral)