«Amaos unos a otros»

Jesús tiene un estilo de amar inconfundible. Es muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Al entrar un día en la pequeña aldea de Naín, se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale desde dentro su amor hacia aquella desconocida: «Mujer, no llores». Quien ama como Jesús, vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas.

Los evangelios recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús captaba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo, o abatidos o como ovejas sin pastor. Rápidamente, se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Quien ama como Jesús, aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.

 

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«Permanecer»

Permanecer

Hoy todo fluye, todo cambia, todo trae fecha de caducidad.
Maldito presente absoluto que se nos ha instalado dentro, como un intruso, ocupando las estancias de la memoria y la esperanza con su ahora cargado de exigencias.
Y así, huérfanos de historias y vacíos de futuro, somos presa
de los estados de ánimo, tan cambiantes.
Nos devoran las crisis en tiempo menguante.
Nada perdura. Ni el amor. Ni las promesas que hicimos y que recibimos.
Ni la confianza en el para siempre. No sabemos conjugar el verbo permanecer, y exigimos que todo, hasta Dios, cambie a nuestra medida.
Así no hay viña que crezca y dé fruto. Devuélvenos, Señor, la conciencia de tu tiempo y tu presencia.
Enséñanos a ser sarmientos de la vid, que eres Tú. Devuélvenos la fe, Tú que calmas las tormentas.
(José María R. Olaizola, sj)

 

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