Emaús sigue atrayéndonos hoy. Para rumiar derrotas, para evitar riesgos, para acomodar la vida y domesticar el evangelio. Volvemos, cabizbajos, pensando que no es posible el amor, que no hay sitio para el perdón, que al final vence el odio. Otras lógicas imperan, otros señores parecen imponerse. Señor, ¿por qué nos prometiste tanto que no se ha cumplido? parecemos decir con nuestra vida. Y tú, peregrino discreto, sigues saliendo al encuentro, en una homilía que enciende el corazón. En un rato de oración que prende fuego dentro, en el rostro de un hermano crucificado que pide respuesta, en una canción que trae el eco de tu música. Y entonces, como aquellos caminantes, te reconocemos. Y sabemos que es verdad. Y regresamos a Jerusalén, que es la vida de cada uno, para contarlo, para contarte
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Estalló desde dentro la vida. No había losa capaz de resistir la pujanza de un amor inmortal. La tristeza aún no lo sabía, pero había perdido la batalla. El dolor alumbró la fiesta. El llanto fue antesala del abrazo jubiloso. Los mercaderes de odio estaban arruinados. Dios reía. Y nosotros, empezamos a comprender. (José María R. Olaizola, sj)
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Tú, Jesús humilde, nunca me has dicho: humíllate ante mí, dobla la cabeza, el corazón, la vida, y esparce sobre tu rostro luto y ceniza. Tú me propones: levanta la mirada, y acoge la dignidad de hijo en toda tu estatura. Humíllate conmigo y vive en plenitud. Bajemos juntos a la hondura sin sol de todos los abismos, para transformar los fantasmas en presencia y los espantos en apuesta. Únete a mi descenso en el vértigo y el gozo de perdernos juntos en el porvenir de todos sin ser un orgulloso inversor de éxitos seguros. (Benjamín G. Buelta sj)
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Este es Jesús. El crucificado. El resucitado. El carpintero. El excluido y silenciado. El explotado. El vendido y entregado. El amigo y compañero. El de los milagros. El que escandaliza. El que se junta con los pecadores. El que anda con mujeres, sus amigas. El que celebra la vida. El que lava los pies. El que hace cosas que no entendemos. El que vive lo que hace. El que abraza. El que tiene miedo. El que camina sobre el agua. El que sana y sigue andando. El burlado y maltratado. El que tiene autoridad. El abandonado por los suyos. Rey y pobre. Sacerdote y víctima. Profeta y Palabra. Este es Jesús. El Milagro de la Cruz. Amante asesinado. Vida que sangra y riega su Reino. ¡Cuídenlo! Lo mío está cumplido. (Susurra, gritándonos). (Marcos Alemán, sj)
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Lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Nada más. Este seguimiento a Jesús no es algo teórico o abstracto. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», y vivir así contribuyendo a que, poco a poco, se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia.
Esto quiere decir que los seguidores de Jesús estamos llamados a poner verdad donde hay mentira, a introducir justicia donde hay abusos y crueldad con los más débiles, a reclamar compasión donde hay indiferencia ante los que sufren. Y esto exige construir comunidades donde se viva con el proyecto de Jesús, con su espíritu y sus actitudes.
Seguir así a Jesús trae consigo conflictos, problemas y sufrimiento. Hay que estar dispuestos a cargar con las reacciones y resistencias de quienes, por una razón u otra, no buscan un mundo más humano, tal como lo quiere ese Dios encarnado en Jesús. Quieren otra cosa.
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