Te mira en los ojos risueños de un crío. Te arrulla con voz familiar y segura. Te impulsa a cantar en la tormenta. Te habla a través de las gentes, con palabras de amor y ternura. Te sostiene en la caída y te ayuda a levantar de nuevo. Te pide, con mano implorante, que le ayudes a sanar la dignidad del mundo que se desangra en tantos de sus hijos. Hay días en que lo escuchas, y otros en que lo ignoras, pero cuando lo conoces te hace más sabio, más firme, más humano. Rompe las puertas selladas que te encerraban en prisiones de dentro. Y al salir de la estrechura, te descubres amigo, hermano. Entonces todos los idiomas se vuelven un mismo canto. Está en ti, susurrando su evangelio. Acógelo, crece con Él, que el Espíritu vive contigo. (José María R. Olaizola, sj)
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Nos tienta el ser dueños, nos atrae el asir, nos moviliza el poseer. y en el monte cuando subes nos dices: no se aferren, no se apeguen, no tengan. Porque mi presencia está asegurada. Mi compañía es una certeza, y mi persona, la única posesión válida. Entonces descubrirán la plenitud, la verdadera alegría, la paz que nadie quita y serán fecundos. Ahora, vayan, anuncien, proclamen. (Viviana Romero)
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Y el Espíritu vino, para recordarnos la verdad, para que tengamos memoria agradecida y corazón misionero. Entonces balbuceando dijimos: ven, ilumínanos, llénanos, sánanos. Abrimos los labios, y nos puso las palabras justas, alentándonos a ser personas sabias. Abrimos los oídos, y escuchamos el dolor silencioso de los pobres, el lamento hecho susurro de los nadies. Abrimos nuestras heridas y sentimos el soplo sanador y cicatrizante. Abrimos el corazón y nos encontramos amigos, hermanos, familia.
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Eterno Señor, y Creador de todas las cosas: seguiremos buscando fronteras, para superarlas con tu Palabra que tira muros, que ofrece puentes, que forja encuentros. Nuestra casa, el mundo, nuestro más, tu reino. Pidiéndolo todo nos llamas de nuevo. Prometes hacer de nosotros fuego. Así que arderemos, si Tú eres la lumbre de hogueras que pongan calor en el frío, fulgor en las brumas, de noche, sosiego. Tras tu huella iremos, dejando olvidados los malos amores, intereses grises y quereres ciegos. Por bandera, un todo, por causa los pobres, por fe, tu evangelio. Con los pies de barro y la vida en juego nos basta tu gracia para alzar el vuelo.
(José María R. Olaizola, sj)
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Tú eres mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me haces recostar; me conduces hacia fuentes tranquilas y reparas mis fuerzas; me guías por senderos de justicia como pide tu nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo: tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan. Tu bondad y lealtad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en tu casa, Señor, por días sin término.
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