
La alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza limpia y condicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera es gracia.
Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla. La alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida, y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas clave del Evangelio. Sólo es feliz quien hace un mundo más feliz. Sólo conoce la alegría quien sabe regalarla. Sólo vive quien hace vivir.
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La fe cristiana empieza a despertarse en nosotros cuando nos encontramos con Jesús. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe crece y da frutos sólo cuando permanecemos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada».
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Das la vi daen el esfuerzo diario,por alcanzarnosrefugio, seguridad,alimento.
A menudo,cegados por los rayos de la tormenta,y ensordecidospor el fragor de los truenos,nos desorientamos,hasta acabar
en parajes inhóspitos,donde lobos hambrientospelearán por los despojosde cada historiaque pudo ser tantoy se queda en nada.
Pero tú no desistes,sales a buscarme,te adentraspor la tierra agreste,plantas cara a las fierasy repites,con voz familiary cercana,mi nombre para llevarme,al fin, a la vida prometidadonde el presente es encuentro,y el futuro eternidad.
(José María R. Olaizola, sj)
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