Se te ha dicho: Sé siempre el primero. Saca las mejores notas en la escuela, y rompe con tu pecho la cinta de la meta en toda competencia. Que no veas a nadie delante de tus pasos ni se sienten delante de ti en los banquetes. Asombra a todos los amigos luciendo el último invento, caros juguetes de adulto para despistar el tedio. Que sólo el peldaño más alto sea el lugar de tu descanso. Pero La Palabra dice: Siente la mirada de Dios posarse sobre ti, porque él alienta posibilidades infinitas en tu misterio. Despliégate todo entero sin trabas que te amarren, ni el miedo dentro, ni los rumores en la calle, ni la codicia del inversor, ni las amenazas de los dueños. Y no temas sentarte en una silla pequeña con los últimos del pueblo. Allí encontrarás la alegría de crear con el Padre libertad y vida para todos sin la esclavitud de exhibir un certificado de excelencia. A la hora de crear el Reino los últimos de este mundo pueden ser los primeros. (Benjamín González Buelta, sj)
En tu cruz, Señor, solo hay dos palos, el que apunta como una flecha al cielo y el que acuesta tus brazos. No hay cruz sin ellos y no hay vuelo. Sin ellos no hay abrazo.
Abrazar y volar, ansias del hombre en celo. Abrazar esta tierra y llevármela dentro. Enséñame a ser tu abrazo. Y tu pecho. A ser regazo tuyo y camino hacia Ti de regreso. Pero no camino mío, sino con muchos dentro. Dime cómo se ama hasta el extremo. Y convierte en ave la cruz que ya llevo. ¡O que me lleva! porque ya estoy en vuelo. (Ignacio Iglesias, sj)
Señor Jesús, te lo pido: líbrame de ser mudo. Líbrame de aquello que no puedo decir, por miedo. Líbrame también de mi sordera: de no saber escuchar, por indiferencia. Líbrame de todos mis prejuicios, que me hacen excluir y marginar a otros. Como el hombre mudo del Evangelio, también quiero que te acerques a mí. Toca también mi lengua y mis oídos y pronuncia tu palabra de liberación en mí: ¡Effetá, Ábrete! Dame confianza para comunicarme con los demás con sinceridad. Pero sobre todo dame fuerza para hablar de Ti al mundo. Dame tu Gracia para crecer en capacidad para escuchar y anunciar Tu verdad. Señor, ya libre de mis miedos, me pides hablar de Ti a los que no te conocen. Me envías, siguiendo tu ejemplo, para poder acompañar dolores y sufrimientos, para transmitir tu Evangelio, y para ayudarte a construir un mundo de unión, respeto y dignidad. Te doy gracias, Señor, por ser un discípulo liberado. Dame tu Amor y Gracia, para poder amar y liberar a otros.
El que pone su seguridad en el cumplimiento de las leyes, se ha entregado a un amo frío e impersonal que sanciona nuestra complejidad como un golpe de cuchillo. El que pone su valía en la opinión ajena, se ha entregado a muchos amos externos a sí mismo, que lo ensalzan o lo condenan a su antojo. El que pone su autoestima en alcanzar las metas trazadas por sí mismo, se confía a fuerzas oscuras que nos mueven desde las propias sombras. El que pone su confianza en el Señor, se ha entregado al misterio personal, que nos acoge en nuestra complejidad tan ambigua, nos aprecia con un amor inmune a la decepción, nos libera de nuestro yo oscuro al ofrecernos crear su designio, y nos integra, rotos por los límites, en la comunión de su abrazo infinito.
(Benjamín González Buelta, sj)
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Por primera vez experimenta Jesús que sus palabras no tienen la fuerza deseada. Sin embargo, no las retira sino que se reafirma más: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida, pero algunos de vosotros no creen». Sus palabras parecen duras, pero transmiten vida, hacen vivir, pues contienen Espíritu de Dios.
Jesús no pierde la paz. No le inquieta el fracaso. Dirigiéndose a los Doce les hace la pregunta decisiva: «¿También vosotros queréis marcharos?». No los quiere retener por la fuerza. Les deja la libertad de decidir. Sus discípulos no han de ser siervos sino amigos. Si quieren puede volver a sus casas.
Una vez más Pedro responde en nombre de todos. Su respuesta es ejemplar. Sincera, humilde, sensata, propia de un discípulo que conoce a Jesús lo suficiente como para no abandonarlo. Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe.
«Señor, ¿a quién iríamos?». No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente: Si no siguen a Jesús se quedarán sin saber a quién seguir. No se han de precipitar. No es bueno quedarse sin luz ni guía en la vida.
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