
“Paz a vosotros… No seas incrédulo, sino creyente.”
Este pasaje nos sitúa en una de las escenas más humanas y más luminosas del Evangelio. Los discípulos están encerrados, paralizados por el miedo, con las puertas cerradas… y es precisamente ahí, en ese espacio de fragilidad, donde Jesús irrumpe con una palabra que no exige, sino que sana: “Paz a vosotros”.
Esa paz no es ausencia de problemas, sino presencia de Jesús en medio de ellos. Es la paz que no se impone, sino que se ofrece como un soplo: “Recibid el Espíritu Santo”. Es un Jesús que no reprocha, sino que muestra sus heridas como prueba de amor, no como recordatorio de dolor.
Y aparece Tomás, tan parecido a nosotros. No es el incrédulo que a veces caricaturizamos; es el que necesita tocar para volver a confiar, el que quiere una experiencia personal, no prestada. Jesús no lo regaña: lo invita a acercarse, a tocar, a entrar en la intimidad de su entrega.
La bienaventuranza final es un regalo para nosotros: “Bienaventurados los que crean sin haber visto.” No es un elogio a la credulidad, sino a la confianza que nace del encuentro, de la experiencia interior, de la paz que Jesús sigue ofreciendo en nuestras propias habitaciones cerradas.
Este evangelio es una invitación a:
- Abrir las puertas que el miedo ha cerrado.
- Reconocer a Jesús en medio, incluso cuando no lo sentimos.
- Aceptar nuestras heridas como lugares donde Dios también se manifiesta.
- Caminar hacia la fe, incluso cuando necesitamos tiempo, como Tomás. (Crismon)







