
El amanecer de Pascua no comienza con trompetas, sino con una mujer que camina en la oscuridad. María Magdalena va al sepulcro cuando “todavía estaba oscuro”, y ese detalle es profundamente humano: la fe muchas veces empieza en penumbra, en búsqueda, en lágrimas.
Pero allí, en ese lugar donde esperaba encontrar muerte, descubre un signo inesperado: la losa quitada. No ve todavía a Jesús, no entiende, no tiene respuestas… pero algo ha cambiado para siempre.
Pedro y el discípulo amado corren. Uno llega primero, el otro entra primero. Cada uno vive la fe a su ritmo. Lo importante es que entran, miran, se dejan sorprender. Y el evangelio dice una frase que es el corazón de este día: “Vio y creyó.”
La Pascua comienza así: con ojos que se abren a lo imposible, con un corazón que se atreve a confiar antes de comprender. La Resurrección no es un final feliz; es un comienzo nuevo, una creación renovada, una vida que brota donde nadie la esperaba.
Hoy la Iglesia entera proclama: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Y esa alegría no es superficial: es la certeza de que la muerte no tiene la última palabra, que la oscuridad no vence, que Dios siempre sorprende con vida. (Crismon)
Señor Jesús, Resucitado y Vivo, hoy mi corazón despierta contigo. Tú has corrido la piedra que me cerraba, has vencido mis miedos, has iluminado mis amaneceres oscuros. Gracias por salir a mi encuentro cuando todavía no entiendo, cuando solo veo signos pequeños y mi fe camina despacio.
Hazme como María, que busca; como Pedro, que entra; como el discípulo amado, que cree. Que tu Resurrección renueve mi esperanza, mi misión, mis palabras y mis gestos. Que pueda anunciar con alegría que Tú vives, que Tú sanas, que Tú haces nuevas todas las cosas.
Señor Jesús, Resucitado y Vivo, hoy mi corazón despierta contigo. Tú has corrido la piedra que me cerraba, has vencido mis miedos, has iluminado mis amaneceres oscuros. Gracias por salir a mi encuentro cuando todavía no entiendo, cuando solo veo signos pequeños y mi fe camina despacio.
Hazme como María, que busca; como Pedro, que entra; como el discípulo amado, que cree. Que tu Resurrección renueve mi esperanza, mi misión, mis palabras y mis gestos. Que pueda anunciar con alegría que Tú vives, que Tú sanas, que Tú haces nuevas todas las cosas. Hoy es el día que hizo el Señor: sea mi alegría, mi canto y mi gozo. ¡Aleluya! Amén. (Crismon)







