Contigo al pie de la cruz  quiero aprender a esperar

El relato de san Juan nos coloca ante un Jesús que no es arrastrado por los acontecimientos, sino que entra libremente en ellos. Desde el primer instante —cuando dice “Yo soy” y los guardias retroceden— se revela como el Señor que entrega la vida, no como una víctima pasiva. Su pasión es un acto de amor consciente, una decisión de fidelidad absoluta al Padre y a la humanidad.

En Juan, la cruz no es solo sufrimiento: es entronización, es el lugar donde Jesús “reina” mostrando la verdad del amor que no se defiende, que no hiere, que no huye. Su corona es de espinas, pero es corona. Su trono es la cruz, pero es trono. Su victoria es entregar el espíritu, no conservarlo.

Hay tres escenas que hoy resuenan con fuerza:

  1. El “Yo soy” que sostiene nuestra fragilidad

Cuando Jesús pronuncia su nombre divino, las fuerzas armadas caen al suelo. En medio de nuestras noches, miedos y contradicciones, ese “Yo soy” sigue siendo un ancla. No estamos solos: Alguien se adelanta, se entrega, nos protege. Cuando Jesús pronuncia su nombre divino, las fuerzas armadas caen al suelo. En medio de nuestras noches, miedos y contradicciones, ese “Yo soy” sigue siendo un ancla. No estamos solos: Alguien se adelanta, se entrega, nos protege.

  1. Pedro junto al fuego

Pedro niega, pero no deja de amar. Su debilidad no es el final, sino el comienzo de una historia nueva. El Viernes Santo nos recuerda que Dios no se escandaliza de nuestras caídas, sino que nos busca para levantarnos.

  1. “Ahí tienes a tu madre”

En el corazón del dolor, Jesús crea familia. No se encierra en su sufrimiento: nos regala a María, y nos regala unos a otros. La cruz se convierte en un hogar donde nadie queda huérfano.

  1. “Está cumplido”

No es un grito de derrota, sino de plenitud. Jesús ha amado hasta el extremo. Ha llevado la luz hasta el fondo de la oscuridad humana ha abrazado todo lo que somos para que nada quede fuera de la redención. Hoy, el silencio del sepulcro nos invita a confiar incluso cuando no vemos, a creer que Dios trabaja en lo oculto, en lo pequeño, en lo que parece perdido. (Crismon)

Enlace permanente a este artículo: https://www.divinomaestro.com/?p=8390

“Los amó hasta el extremo”

En un mundo donde el amor suele ser rápido, condicionado y frágil, Jesús nos muestra un amor que no se retira, que no negocia, que no abandona. El evangelio dice que Jesús sabía que había llegado “su hora”, y aun así elige amar. No se encierra, no se protege, no huye. Ama.

Hoy, cuando tantas veces sentimos cansancio, saturación, ruido, Jesús nos recuerda que el amor verdadero no es emoción, sino decisión. Y su decisión es clara: quedarse, servir, inclinarse.

2. El gesto que descoloca: arrodillarse ante los suyos

Lavar los pies era tarea de esclavos. Jesús rompe toda lógica: el Maestro se hace servidor. En nuestro tiempo, este gesto podría traducirse así:

  • El que tiene poder, se hace cercano.
  • El que tiene razón, escucha primero.
  • El que tiene razón, escucha primero.
  • El que está herido, aun así, ofrece paz.
  • El que podría exigir, prefiere acompañar.

Jesús nos enseña que la verdadera autoridad no se impone, se entrega.

3. Pedro: la resistencia de nuestro corazón

Pedro no quiere dejarse lavar. Nos pasa igual: nos cuesta dejar que Dios toque nuestras zonas más frágiles, más sucias, más reales. Preferimos mostrarle a Dios lo que está “ordenado”, no lo que está roto. Pero Jesús insiste: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.” Es decir: Déjame entrar donde te duele. Déjame sanar lo que escondes. Déjame servirte para que tú puedas servir.

4. “Os he dado ejemplo”

El gesto no termina en Jesús: nos lo entrega. Hoy lavar los pies puede significar:

  • Perdonar cuando no apetece.
  • Escuchar sin juzgar.
  • Acompañar a quien está solo.
  • Servir sin esperar aplausos.
  • Cuidar a los más vulnerables.
  • Ser presencia de paz en medio del conflicto.

El Jueves Santo no es un recuerdo: es una misión. (Crismon)

 

Enlace permanente a este artículo: https://www.divinomaestro.com/?p=8385

La Pasión en un mundo herido

La Pasión de Jesús en Mateo 26–27 no es solo un relato antiguo; es un espejo de nuestras propias contradicciones. En cada escena aparece un rostro de nuestro tiempo:

  1. Judas: la traición que nace del cansancio interior

Judas no traiciona de un día para otro. Su corazón se fue enfriando. Hoy también hay “treinta monedas” que seducen: la prisa, la productividad sin alma, la necesidad de reconocimiento, la comodidad que evita el amor verdadero. La traición de Judas nos recuerda que el amor se cuida cada día o se marchita.

  1. Los discípulos dormidos: la incapacidad de velar

En Getsemaní, Jesús pide compañía, no soluciones. Pero ellos duermen. Hoy dormimos cuando nos desconectamos del sufrimiento ajeno, cuando normalizamos la injusticia, cuando nos refugiamos en pantallas para no mirar la realidad. Jesús sigue preguntando: “¿No has podido velar conmigo?”.

  1. Pedro: la negación por miedo

Pedro ama, pero tiene miedo. Y el miedo lo hace mentir. También nosotros negamos a Jesús cuando callamos ante la injusticia, cuando preferimos quedar bien antes que ser fieles, cuando escondemos nuestra fe por temor a ser juzgados.

  1. Pilato: lavarse las manos

Pilato no es cruel: es indiferente. Su gesto es el símbolo de nuestro tiempo: “no es mi problema”. Pero la indiferencia mata tanto como la violencia.

  1. Las mujeres al pie de la cruz: la fidelidad silenciosa

Ellas no huyen. No pueden cambiar la situación, pero permanecen. En un mundo que valora lo útil, ellas nos enseñan el valor de estar, de acompañar, de sostener la esperanza cuando todo parece perdido.

  1. El centurión: la conversión que nace del asombro

Un pagano, un soldado, un hombre acostumbrado a la violencia… es el primero en reconocer: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”. La gracia llega donde menos lo esperamos. Dios sigue irrumpiendo en vidas que parecían cerradas.

¿Qué nos dice esta Pasión hoy?

  • Que el amor verdadero no evita el sufrimiento, sino que lo transforma.
  • Que Jesús no muere por resignación, sino por fidelidad.
  • Que la cruz no es derrota, sino el lugar donde Dios abraza nuestra fragilidad.
  • Que la esperanza no nace del éxito, sino de la entrega.
  • Que la resurrección empieza cuando dejamos que Dios entre en nuestras noches. (Crismon)
Domingo de Ramos

Enlace permanente a este artículo: https://www.divinomaestro.com/?p=8379