Celebrar la eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo vivió él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida para intentar vivirla hasta las últimas consecuencias.
Celebrar la eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar solo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».
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Oh Trinidad Santísima!, origen de todo. Misterio tan profundo, que me hace exclamar del fondo de mi corazón «Santo, Santo, Santo». Te encuentro en el fondo mismo de mi ser amándome, creándome, trabajando por mí, para mí, conmigo en una comunión misteriosa de amor. Dame, Señor, que yo comience a ver con otros ojos todas las cosas, a discernir y leer los signos de los tiempos, a gustar de tus cosas y saber comunicarlas. Pongo la preferencia de mi oración en la contemplación de la Trinidad, en el amor y unión de caridad, que abraza también a mis prójimos. Padre Eterno, confírmame; Hijo Eterno, confírmame; Espíritu Santo, confírmame; Santa Trinidad, confírmame; un solo Dios, confírmame. (Pedro Arrupe, sj)
No nos llamas a iluminar las sombras con frágiles velas protegidas de los vientos con la palma de la mano, ni a ser puros espejos que reflejan luces ajenas, cotizadas estrellas dependientes de otros soles, que como amos de la noche hacen brillar las superficies con reflejos pasajeros a su antojo. Tú nos ofreces ser luz desde dentro, (Mt 5, 14) cuerpos encendidos con tu fuego inextinguible en la médula del hueso, (Jr 20, 9) zarzas ardientes en las soledades del desierto que buscan el futuro, (Ex 3,2) rescoldo de hogar que congrega a los amigos compartiendo pan y peces, (Jn 21, 9) relámpago profético que raje la noche tan dueña de la muerte. Tú nos ofreces ser luz del pueblo, (Is 42, 6) hogueras de Pentecostés en la persistente combustión de nuestros días encendidos por tu Espíritu, ser lumbre en ti, que eres la luz, fundido inseparablemente nuestro fuego con tu fuego. (Benjamin G. Buelta, sj)
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