SANTÍSIMA TRINIDAD

El Evangelio nos revela el corazón mismo de Dios: un Dios que es comunión de amor, que no se encierra en sí mimo, sino que se desborda hacia la humanidad.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…”

En esta frase se concentra toda la Trinidad: El Padre, que ama primero y entrega. El Hijo, que se ofrece para que tengamos vida. El Espíritu, que hace posible creer, acoger, vivir en comunión.

La Trinidad no es un misterio lejano: es la forma en que Dios se relaciona contigo. No es un concepto, sino una experiencia: El Padre te mira con ternura. El Hijo te salva sin condenarte. El Espíritu te acompaña, te sostiene, te ilumina.

Jesús insiste en que Dios no envió a su Hijo para juzgar, sino para salvar . En la fiesta de la Trinidad, esta afirmación resuena con fuerza: el amor es la identidad de Dios y su modo de actuar.

Creer en Jesús no es pasar un examen doctrinal; es abrirse al amor que ya está siendo ofrecido. Quien se cierra a ese amor “ya está juzgado”, no porque Dios lo condene, sino porque rechaza la luz que podría sanarlo.

Hoy la Trinidad te invita a: Vivir desde la confianza, no desde el miedo. Reconocer que eres amada antes de hacer nada. Dejarte abrazar por un-Dios que es familia, comunión, cercanía. Ser reflejo de ese amor en tus relaciones: construir puentes, sanar heridas, acompañar. (Crismon)

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