
“No se turbe su corazón; crean en Dios y crean también en mí.” Estas palabras nacen en un momento de despedida. Jesús ve el miedo en los ojos de sus discípulos: miedo a quedarse solos, a no entender el camino, a perder el rumbo. Y en lugar de darles un mapa, les da algo más grande: su presencia.
La paz que nace de confiar. Jesús no promete que no habrá dificultades. Promete algo más real: que el corazón puede permanecer en paz incluso en medio de ellas. La fe no elimina los problemas, pero transforma la manera de atravesarlos.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No dice “les mostraré el camino”, sino “Yo soy el camino”. Seguir a Jesús no es aprender una ruta, sino entrar en una relación. La verdad no es una idea; es un rostro. La vida no es un concepto; es una comunión.
“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Jesús revela un Dios cercano, tierno, que se inclina, que lava los pies, que abraza. Un Dios que no se esconde en el cielo, sino que se deja encontrar en lo cotidiano: en la mesa, en el servicio, en la escucha, en la comunidad.
“Harán obras mayores”. Esta frase es un acto de confianza inmenso. Jesús cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en Él. Nos entrega su misión, su estilo, su manera de amar. No para que lo reemplacemos, sino para que lo prolonguemos. (Crismon)
Domingo V de Pascua







