
El desierto de Jesús no es un paisaje lejano: es un símbolo profundamente actual. Hoy también vivimos desiertos que nos exponen, nos vacían y nos obligan a mirar de frente lo que somos: La saturación de información, la prisa que nos devora, la soledad disfrazada de hiperconexión, la presión por “rendir”, “producir”, “mostrar”.
En ese contexto, las tentaciones de Jesús se vuelven sorprendentemente contemporáneas.
- “Convierte estas piedras en pan”
La tentación de reducir la vida a lo inmediato: “Dame resultados ya. Dame likes ya. Dame satisfacción ya.” Vivimos rodeados de “panes” que prometen llenar, pero dejan vacío: consumo rápido, entretenimiento sin pausa, productividad sin alma. Jesús responde que el ser humano necesita algo más profundo: una Palabra que oriente, que dé sentido, que sostenga.
- “Tírate abajo… Dios te sostendrá”
La tentación de buscar validación constante: “Mírenme. Apruébenme. Confirmen que valgo.” Hoy se expresa en la necesidad de ser vistos, de demostrar, de tener pruebas de que todo saldrá bien antes de dar un paso. Jesús nos recuerda que la fe madura no exige garantías; confía sin manipular a Dios.
- “Te daré todo este poder y su gloria”
La tentación del éxito fácil, del prestigio, del control. En un mundo que mide por cifras, visibilidad y rendimiento, esta tentación es sutil y poderosa. Jesús la vence recordando lo esencial: solo Dios es el centro; todo lo demás es relativo.
El Evangelio muestra que Jesús no vence por fuerza, sino por identidad: sabe quién es y a quién pertenece. Esa es también nuestra tarea cuaresmal: volver a la verdad, discernir lo que nos seduce, pero no nos humaniza, elegir caminos que generen vida, dejar que Dios Sea Dios en nuestra historia.
Y cuando Jesús permanece fiel, los ángeles lo sirven. La fidelidad, aunque cueste, siempre abre espacio para la ternura de Dios.
Domingo I Cuaresma







