
“Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios”. Ser rico ante Dios implica vivir con gratitud, compartir con los demás, y tener el corazón abierto a lo eterno. Es una invitación a revisar nuestras prioridades y a preguntarnos: ¿Qué tesoros estoy acumulando?
Este Evangelio nos interpela a todos. ¿Dónde está puesta nuestra seguridad? ¿En lo que tenemos o en lo que somos ante Dios? En tiempos de incertidumbre, esta parábola nos recuerda que lo único verdaderamente seguro es el amor de Dios y la riqueza que nace de vivir en comunión con Él y con los demás.
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