Fiesta de la Asunción de María

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.
Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.
María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

 

Liturgia

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En todo, aceptar tú voluntad

¡Oh, llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres; rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh, cauterio suave! ¡Oh, regalada llaga! ¡Oh, mano blanda! ¡Oh, toque delicado!
Que a vida eterna sabe y toda deuda paga; matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh, lámparas de fuego, en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con extraños primores calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno donde secretamente solo moras, y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno cuán delicadamente me enamoras!

Liturgia

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¿Dónde está tú tesoro?

Mi tesoro

He perseguido sueños vanos, he comprado tesoros vacíos.
He querido aprisionar amores y he cerrado con llave mi hogar, para que no me lo invadan.
He vestido las dudas con falsas certezas y he tratado de matar mis miedos cerrando los ojos, pero al final vuelvo a estar desnudo y temblando.
Hasta que, al encontrarte, todo cambia. Tu evangelio es fuego que me enciende,
llamada, que me pone en camino, tesoro por el que vendo todo, y soy tan pobre y tan rico.
Tu palabra despierta la pasión. Tu vida es lección que me enseña a vivir, a querer, a saltar al vacío.
Contigo, los sueños son posibles, los tesoros infinitos, el amor eterno.
La puerta está abierta, y el hogar repleto, de momentos, de historias de encuentros.
La fe arriesga, y el miedo calla.
Me visto de Ti, en mi debilidad tu fuerza, y todo encaja.
(José María R. Olaizola, sj)

 

Liturgia

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