Venid a mí
Venid a mí, bramó la tormenta, invitándonos a adentrarnos en su intemperie llena de posibilidades.
Venid a mí, dijo la luz, alejando de nosotros el temor a la sombra.
Venid a mí, propuso la esperanza, convertida en caricia para quienes andaban cansados y afligidos.
Venid a mí, exclamó la pasión, prometiendo un nuevo fuego al rescoldo de corazones que en otro tiempo ardieron.
Venid a mí, exigió la justicia, herida en las víctimas por tanta mentira dicha en su nombre.
Venid a mi, susurró el silencio, mostrando, con los brazos abiertos, una forma distinta de cantar.
Venid a mí, gritó la soledad, cansada de deserciones y abandono.
Venid a mí, pidió el dolor, ofreciendo su rostro herido para que la compasión lo acunase.
Venid a mí, llamó el dios de los encuentros.
Y fuimos. A veces vacilantes, con toda nuestra inseguridad a cuestas.
Pero fuimos.
(José María R. Olaizola Sj)
Liturgia del domingo
Creer en un Dios Salvador que, ya desde ahora y sin esperar al más allá, busca liberarnos de lo que nos hace daño no ha de llevarnos a entender la fe cristiana como una religión de uso privado al servicio exclusivo de nuestros problemas y sufrimientos. El Dios de Jesucristo nos pone siempre mirando al que sufre. El evangelio no centra a la persona en su propio sufrimiento, sino en el de los otros. Solo así se vive la fe como experiencia de salvación.
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