Alégrate, pero no con el júbilo engañoso de un estallido de luz fugaz ni con el entusiasmo festivo del instante del triunfo.
No con la risa fácil de una comodidad sin camino, ni con una exaltación instantánea, gestada entre la evasión y el estímulo. Alégrate, sí, pero no con el egoísmo indiferente del ande yo caliente, ni con la alegría vencedora que necesita tristezas ajenas para existir. Hay otra manera de celebrar el amor, la vida, la fe y el encuentro.
Se cocina al fuego lento de la experiencia y la sabiduría.
Lleva como ingredientes la fe, las búsquedas y el tiempo.
No ha de faltar en ella la mezcla de días radiantes y días grises.
Alégrate con ese gozo que nace en el manantial más profundo, allá donde brotan nuestros anhelos que han de atravesar la historia para desembocar en su abrazo eterno.
(José María R. Olaizola, sj)
3ª Semana de Adviento
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría. Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.
Profecía






