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Ago 18 2016
«Yo soy la puerta; si uno entra por mí será salvo»
Te necesito a ti
¡Te necesito a Ti, sólo a Ti!. Deja que lo repita sin cansarse mi corazón.
Los demás deseos que día y noche me embargan son falsos y vanos hasta sus entrañas.
Como la noche esconde en su oscuridad la súplica de la luz,
así en la oscuridad de mi inconsciencia resuena este grito:
¡Te necesito a Ti, sólo a Ti!
Como la tormenta está buscando la paz cuando golpea la paz con su poderío,
así mi rebelión golpea tu amor y grita: ¡Te necesito a Ti, sólo a Ti!
(Rabindranath Tagore)
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Ago 14 2016
Celebramos la esperanza: Dios nunca nos deja de su mano
El cántico del Magnificat, que la Iglesia recita todos los días en la oración de la tarde. María se vuelve a Dios, el origen de la vida, de toda vida, y le alaba y le da gracias. Reconoce en la vida incipiente en su seno la presencia de la esperanza, de la vida, de Dios mismo. Esa vida nueva transformará el mundo. Y el origen de esa transformación, de esa revolución, está en el mismo Dios que prolonga el largo brazo de su creación en la vida que crece en ella, en ellas.
Si nuestro mundo se conforma como un lugar donde la esperanza es negada a los pobres, la presencia de ese niño en el seno de María representa todo lo contrario. Es el signo claro de la misericordia de Dios que toma de nuevo las riendas de su creación y la orienta hacia la justicia y la fraternidad. Las proezas que hace Dios son “dispersar a los soberbios de corazón, derribar del trono a los poderosos y enaltecer a los humildes; colmar de bienes a los hambrientos y despedir vacíos a los ricos.”
Dios no nos deja solos, no nos abandona. Esos niños que crecen en los senos de Isabel y María son el signo, el gran signo, de la misericordia que Dios nos prometió. Por eso, hoy es día de fiesta especial. Hoy celebramos la esperanza: Dios nunca nos deja de su mano.
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