Venid a mi fiesta

Despojarme de todo
Sé que la condición de seguirte
es dejarlo todo.
«El que no deje todo lo que posee,
no puede ser mi discípulo».
Siento que me dices que me despoje de todo y que confíe en Ti.
Me pides que me lance a tu Providencia con los ojos cerrados y que todo lo demás se me dará por añadidura, incluso la verdadera eficacia de nuestro apostolado.
Que tú eres la gran seguridad, el gran ‘seguro’ del ‘inseguro’.
Ese salto en el vacío oscuro de la fe es muy difícil y supone confianza ciega.
(Pedro Arrupe -fragmento-)

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¿Qué estás dispuesto a hacer por ÉL?

El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.

La mayor tragedia que puede sucederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.

La mayor tragedia que puede sucederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.

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¿Voy o no voy?

¿Sí o no?
Si digo ‘voy’, y me quedo, si canto paz, y golpeo, si ofrezco pan y doy piedras,
si hablo de amor y lo niego, si farfullo mil promesas para las que nunca hay tiempo, despiértame, Dios, pues duermo y sin saberlo ando ciego.
Si digo, ‘no’, pero acepto, si aunque proteste, me entrego, si lo que rechazo hablando lo contradicen los gestos, si hay más verdad y evangelio en mis obras que en mis versos, alégrate, Dios, pues vivo en tus brazos, aun sin verlo.


(José María R. Olaizola, sj)

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