«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»

Mateo 25, 1-13 XXXII Domingo del Tiempo Ordinarioa» (Mt 25,13).

La parábola de las diez vírgenes nos presenta una escena sencilla pero profundamente humana: todas esperan al esposo, todas llevan lámparas, todas se duermen. La diferencia no está en el sueño, sino en la preparación. Cinco fueron prudentes y llevaron aceite suficiente; las otras cinco fueron negligentes y, cuando llegó el momento decisivo, descubrieron que no estaban listas.

Jesús nos invita a reflexionar sobre el aceite que alimenta nuestra propia lámpara. Ese aceite no puede improvisarse ni prestarse. Es la fe cultivad a día a día, la oración constante, la caridad concreta, la fidelidad en las pequeñas cosas y la esperanza mantenida aun en medio de la oscuridad.

Vivimos en una cultura de la inmediatez, donde muchas veces dejamos para mañana lo que da sentido a nuestra vida espiritual. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que el encuentro con el Señor se prepara en el presente. Cada gesto de amor, cada acto de perdón, cada momento dedicado a Dios va llenando nuestra lámpara.

Es significativo que el esposo llegue a medianoche, en el momento más oscuro. También en nuestra vida, Dios suele manifestarse cuando atravesamos incertidumbres, pruebas o noches interiores. Quien ha cuidado su relación con Él reconoce su voz y está preparado para salir a su encuentro.

La prudencia evangélica no es miedo ni preocupación excesiva; es vivir despiertos, conscientes de que cada día es una oportunidad para amar y servir. Velar significa mantener el corazón abierto a Dios, atentos a su presencia en la vida cotidiana y en las necesidades de los hermanos.

Así, la pregunta que nos deja este Evangelio es sencilla y exigente: ¿qué está alimentando hoy la lámpara de mi fe? (Crismon)

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