
Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Este evangelio nos revela que la fe no es ausencia de miedo, sino la valentía de caminar hacia Jesús aun cuando el viento es contrario. Pedro se hunde no porque el mar sea fuerte, sino porque su mirada deja de estar fija en el Señor. Y Jesús, siempre fiel, extiende la mano de inmediato para sostenerlo.
El texto muestra tres movimientos espirituales muy profundos:
Jesús que ora en la montaña: Antes de todo milagro, antes de todo gesto público, Jesús se retira a orar en soledad. La misión nace de la intimidad con el Padre. Para nosotros, es una invitación a recordar que la vida espiritual no se sostiene solo con actividad, sino con silencio, escucha y presencia.
La barca sacudida por el viento: Los discípulos están lejos de tierra, en medio de la noche, con viento contrario s. La barca es imagen de nuestra vida, de la Iglesia, de nuestras familias. Hay momentos en que todo parece oscuro, frágil, incierto. Pero es precisamente en la madrugada, en ese límite entre la noche y la luz, cuando Jesús se acerca caminando sobre aquello que nos da miedo.
Pedro: fe que camina, miedo que hunde: Pedro se atreve a pedir algo audaz: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti”. Y Jesús responde con una sola palabra que resume toda vocación: “Ven”. Pedro camina sobre el agua, pero al sentir el viento, se hunde. El miedo aparece cuando dejamos de mirar a Jesús y empezamos a mirar nuestras fuerzas. Sin embargo, lo más hermoso es la rapidez del gesto de Jesús: “En seguida Jesús extendió la mano y lo agarró”. La fe no es nunca perfecta; lo que salva es la mano extendida del Señor.
La confesión final: “Realmente eres Hijo de Dios”: Cuando Jesús sube a la barca y el viento amaina, los discípulos reconocen quién es Él. La paz llega cuando Jesús entra en nuestra barca. No cuando desaparecen los problemas, sino cuando Él está dentro. (Crismon)







