“Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo

Este pasaje siempre me conmueve porque Jesús no dice “deben llegar a ser” sal y luz, sino “ya lo son”. Es una identidad, no una meta. Él reconoce en cada persona una capacidad profunda de transformar, preservar, iluminar y dar sabor a la vida de los demás.

Ser sal: La sal no llama la atención sobre sí misma; desaparece para que lo demás brille. Así es la vida cristiana: discreta, humilde, pero decisiva. Ser sal es: 

-Dar sabor a lo cotidiano con gestos pequeños de bondad.

-Conservar lo que es valioso: la fe, la esperanza, la dignidad humana.

-Evitar que el mundo se vuelva insípido por la indiferencia.

Ser luz: La luz no existe para sí misma; existe para que otros vean. Ser luz es:

– Mostrar caminos cuando otros están perdidos.

– Ser presencia que consuela, anima y orienta.

– Vivir de tal manera que nuestras obras hablen más que nuestras palabras.

Jesús no pide que seamos focos deslumbrantes, sino lámparas encendidas: constantes, cálidas, fieles. Una luz pequeña puede cambiar una habitación entera. (Crismon)

“Ser sal, ser luz”.

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