
El evangelio nos muestra a Jesús iniciando su misión justo cuando Juan ha sido arrestado. Es decir, Jesús comienza cuando todo parece oscuro. No espera a que las circunstancias sean favorables. Entra en la historia humana tal como es: herida, injusta, incierta. Y desde ahí proclama: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca.”
Hoy, fiesta de la Conversión de Pablo, esta palabra se vuelve aún más luminosa. Pablo no se convirtió en un retiro tranquilo, sino en medio de su propio desorden interior, de su violencia, de su ceguera espiritual. Jesús lo alcanzó en el camino, no cuando estaba bien, sino cuando estaba equivocado.
1. Jesús inicia en nuestras zonas de sombra
Cafarnaúm, “tierra de sombras”, es el lugar donde Jesús decide vivir. Pablo, “respirando amenazas”, es el hombre al que Jesús decide mirar. Esto nos recuerda algo muy concreto: Jesús no empieza su obra en nosotros cuando estamos perfectos, sino cuando estamos disponibles. Y a veces la disponibilidad nace precisamente del cansancio, del fracaso, de la confusión o del deseo de algo distinto. Quizá hoy alguien ore este texto sintiendo que su vida está “en sombras”: – una relación rota – un proyecto que no avanza – un desgaste interior – una fe tibia – un miedo que paraliza.
El evangelio dice: ahí mismo Jesús se instala.
2. “Síganme”: un llamado que no es teoría
Jesús no da un discurso. Llama por el nombre. Pablo no recibe un tratado teológico. Recibe una pregunta: “¿Por qué me persigues?” La conversión cristiana no es un cambio de ideas, sino un cambio de dirección. Es pasar de vivir centrados en nosotros a vivir orientados hacia Él. En la vida cotidiana esto se traduce en decisiones muy concretas:
- Dejar de alimentar un resentimiento.
- Pedir ayuda cuando ya no podemos solos.
- Atrevernos a empezar algo que Dios nos inspira.
- Reconciliarnos con alguien.
- Dedicar tiempo real a la oración.
- Servir donde antes solo criticábamos.
La conversión no es un evento extraordinario. Es una serie de pequeños “sí” que van reorientando el corazón.
3. “Inmediatamente dejaron las redes”: soltar para avanzar
Las redes representan lo que nos sostiene, pero también lo que nos ata. Pablo dejó su seguridad religiosa, su prestigio, su manera rígida de entender a Dios. Todos tenemos “redes” que nos impiden caminar:
- La necesidad de control.
- El miedo a equivocarnos.
- La comodidad.
- La opinión de los demás.
- La culpa del pasado.
La invitación de Jesús no es a destruir nuestra vida, sino a liberarla. Soltar no es perder: es abrir espacio para algo nuevo.
4. Jesús recorre, enseña, anuncia y cura
El evangelio termina con un movimiento: Jesús recorre, enseña, anuncia, cura. Pablo, después de su encuentro, también se pone en camino. La fe no es estática. Quien se encuentra con Cristo se vuelve caminante, mensajero, sanador. Hoy, en un mundo cansado, polarizado, herido, Jesús nos invita a ser:
- Personas que recorren la vida con esperanza.
- Voces que enseñan con paciencia.
- Corazones que anuncian con alegría.
- Manos que curan con ternura.
La conversión no es solo para nosotros: es para que otros encuentren luz a través de nuestra vida. (Crismon)







