Domingo de Ramos

Por las calles empedradas de la capital Jerusalén desfilaba en días de victoria el poder armado, el fracaso del amor. Se prolongaba la mano en el filo de la espada, endurecían los rostros cascos metálicos, el orgullo flameaba en los penachos, y como cola de su manto lo seguía un cortejo de vencidos esclavos sangrando por las piedras. Pero hoy, un galileo pobre pasea el triunfo del amor en el burro de un amigo.

Todo el amor contenido en la estrechez de su cuerpo y de su espacio breve, brilla infinito en su mirada y enciende esperanza en los rostros que contempla. Las aclamaciones del pueblo, sin amo y sin consigna, salen libres de los pechos acostumbrados a encerrarse, y vuelan entre los ramos, fiesta en la danza de palmas y de olivos. Las piedras sin sosiego de los altos edificios acogen ahora el júbilo y gritan como profetas sus viejas historias de injusticias y saqueos. ¡En la noche herida de la historia que jadea con brillo puro de lucero el amor canta su dicha!

(Benjamín González Buelta,

 

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