Aprender de lo sencillo…

“Venid a mí”, bramó la tormenta, invitándonos a adentrarnos en su intemperie llena de posibilidades.

“Venid a mí”, dijo la luz, alejando de nosotros el temor a la sombra.

“Venid a mí”, propuso la esperanza, convertida en caricia para quienes andaban cansados y afligidos.

“Venid a mí”, exclamó la pasión, prometiendo un nuevo fuego al rescoldo de corazones que en otro tiempo ardieron.

“Venid a mí”, exigió la justicia, herida –en las víctimas– por tanta mentira dicha en su nombre.

“Venid a mí”, susurró el silencio, mostrando, con los brazos abiertos, una forma distinta de cantar.

“Venid a mí”, gritó la soledad, cansada de deserciones y abandono.

“Venid a mí”, pidió el dolor, ofreciendo su rostro herido para que la compasión lo acunase.

“Venid a mí”, llamó el Dios de los encuentros.

Y fuimos. A veces vacilantes, con toda nuestra inseguridad a cuestas.
Pero fuimos.

(José María R. Olaizola sj)

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Confianza – 12º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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No tengáis miedo…

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

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