En mi debilidad
mi miedo, tu seguridad. En mi duda, tu aliento.
En mi egoísmo, tu amor. En mi rencor tu misericordia.
En mi yo, tu nosotros. En mi rendición tu perseverancia.
En mi silencio, tu voz. En mi ansiedad, tu pobreza.
En mi tempestad tu calma. En mi abandono tu insistencia.
En mi dolor, tu alivio. En mi debilidad, tu fuerza.
(José María R. Olaizola, sj)
Liturgia del domingo

Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.






